El IV concierto Santander le canta a José Morales, organizado por la Fundación Socorranos en Acción con el apoyo del Teatro Santander y la Banda Sinfónica de Santander, fue una celebración de su música y de un legado que sigue vivo.
Como antesala a esta celebración, el texto de Jairo Castro Neira invitó a detenernos en el hombre, el artista y el universo que dejó en su obra.
ESCRITO POR:
JAIRO CASTRO NEIRA
"El arte es la única actividad en que el hombre se parece a Dios porque es la única actividad en que el hombre crea mundos nuevos, universos nuevos"
decían los románticos del siglo XIX
Un artista, un artista de verdad,
crea un universo nuevo en su obra.
Diferente, único.
Y dicen los que saben que ese universo solo se pudo crear a partir de la realidad en que vivió. De la visión de mundo que construyó mientras fue construyendo su biografía.
Pero dicen más. Dicen que ese universo es su mundo configurado, completo, coherente. Que se reconfigura solo cuando un receptor lo contempla y se siente parte de esa realidad. Es decir, el universo del autor solo tiene vigencia si hay receptores que vivan su mundo a partir de él y que estén dispuestos a reconfigurarlo.
Aquí estamos los receptores del universo de José Morales dispuestos a comprender su obra y, quien lo diría, a comprendernos a partir de ella, a interpretar su mundo para hacer del nuestro un mundo mejor.
Nació en El Socorro a principios del siglo XX, un tiempo prácticamente atravesado todo por el sino de la violencia. Con ojos de niño conoció su socorrito del alma, como si supiera que había que guardarlo todo. La vida cotidiana con todos sus acentos, con todos los sentidos, hasta sus primeros años de hombre adulto, recorriendo sus calles empedradas y contemplando casas pequeñitas, con muchachas bonitas engalanando sus ventanas, como recibiendo una serenata desde el postigo. Y quizá, parado en una esquina con sus amigos, como todos los muchachos, mirando pasar la vida, respiraba el aroma de las flores y descubría el color del cielo y el canto de los pájaros y las penas del campesino. Y las paradojas del amor que nos hacen vivir en su búsqueda, aunque eso nos cause penas. Y el alma rota de la gente frente a la violencia fratricida. Y la naturaleza agreste y altanera como sus hijuepuercazos.
Y el silencio de las noches en esa vida bucólica que se quedó para siempre en su obra.
Hoy parece una obviedad decir que José Morales es, así, en presente, un hombre romántico porque le canta al amor y a la mujer. Porque le canta a la luna y a la campesina bonita y a los amigos y al pueblito en el que nació y que se constituyó en el centro de su universo.
Pero es romántico en todo el sentido de la palabra. La obra evidencia su amor por la naturaleza, por el paisaje tropical, por la montaña agreste y difícil. Y la dibuja con metáforas que expresan su percepción de un mundo bello y casi edénico como en “la tarde con sus alas doradas” y el tiple que lleva en sus entrañas “las montañas, los ríos y los valles de esta tierra altiva que nos vio nacer».
Pero también sueña con un mundo mejor, porque eso también es ser romántico, y choca con lo que considera injusto. Su bambuco El corazón de la caña es todo un reclamo a la sociedad por permitir que se corten vidas “por el placer de cortarlas para que quede la tierra con dolores en el alma”. Y hace una sentencia filosófica:
“toiticos somos iguales y tenemos corazón”.
Todo sucede en su pueblito viejo con sus casas pequeñitas, sus ranchos rodeaos de flores, sus tiendas de besos, sus árboles viejos y la noche con su lunita consentida colgada del cielo que se constituye en el centro de su creación. Pero ella, la noche, es a la vez fuente de afortunados y cósmicos encuentros que le permiten pescar luceros, y de trágicos sucesos como cuando le cortan el corazón a la caña.
Su héroe romántico, el que idealizó para su obra, no se parece al cachaco chapineruno, elegante y refinado, como lo describen algunos, y que despertó tanta fascinación entre las élites del poder de la Bogotá de su tiempo. Es el campesino de machete y alpargatas que toma aguardiente y fuma tabaco mientras le cuentasus penas a doña Rosario, la tendera del camino.
José nos dejó, acaso sin saberlo, entre los acordes del tiple y su vida ejemplar, el manual de lo que debería ser el Socorro de hoy, y que parece que no nos diéramos cuenta. Su obra debe ser el paradigma que inspire a los socorranos de estos tiempos, a construir un mejor futuro, para que las generaciones que nos sucedan puedan decir que heredaron un mundo más justo y más feliz.

